El dilema de la financiación y la subordinación exterior (Parte 2)

Fouad Borni

7/22/20265 min leer

El coste de las lealtades externas: ¿Cómo los conflictos de ejes habrían congelado la agenda de derechos de los musulmanes en España?

Si bien la financiación externa y la elusión gubernamental habrían contribuido, según lecturas de campo, a debilitar la independencia de la toma de decisiones islámicas en España desde el punto de vista estructural, el mayor problema parece haber surgido cuando esta financiación se convirtió, en ciertos momentos, en el combustible que presuntamente alimentó la "guerra de ejes regionales" dentro de las altas esferas de la Comisión Islámica. Este conflicto geopolítico importado habría obligado a los musulmanes españoles a pagar el precio mediante la congelación de sus propios derechos constitucionales durante años.

Justicia con las bases: La epopeya de las donaciones y el dilema de las "cajas de los viernes"

Para ser históricamente justos sobre el terreno, es imperativo elogiar el papel —a menudo calificado de heroico— de las bases sociales musulmanas. Los datos de campo indican que la gran mayoría de las mezquitas y centros islámicos repartidos por el territorio español no fueron construidos por gobiernos ni por organismos internacionales, sino que se levantaron ladrillo a ladrillo gracias a las generosas donaciones de los propios fieles. Se trata del dinero de trabajadores y gente humilde que, en muchos casos, sacrificaron el sustento de sus familias para preservar su identidad y su fe.

De hecho, la continuidad y supervivencia de estas instituciones (pago de alquileres, facturas y salarios) parece seguir dependiendo principalmente de los bolsillos de los fieles hasta el día de hoy. Es casi imposible asistir a una oración de viernes o de Eid en la mayoría de las ciudades españolas sin notar que los comités encargados recaudan donaciones de manera tradicional y constante.

Sin embargo, esta práctica, a pesar de la nobleza de sus motivos, ha comenzado a plantear serios dilemas recientemente. Se observa que la insistencia y el afán de recaudar dinero cada viernes, Eid o evento especial ha empezado a perturbar a los asistentes, restándoles a veces la tranquilidad espiritual requerida. Además, esta constante presión corre el riesgo de proyectar ante el público y los observadores una imagen estereotipada y errónea: que estas instituciones disponen de ingentes cantidades de dinero acumulado de destino desconocido, a pesar de que la realidad sobre el terreno suele demostrar exactamente lo contrario. Ante esto, uno se pregunta con amargura:

¿Cuándo podremos rezar un viernes o un Eid sin el bullicio de la recaudación de fondos? ¿Y cuándo se reunirá la gente para conmemorar un acto religioso o cultural sin que se les planten las cajas recaudatorias ante los ojos?

Esta dependencia absoluta de flujos de efectivo aleatorios recaudados manualmente (dinero en efectivo), sumada a la ausencia de una lógica de "sostenibilidad financiera" o de inversiones a través de fundaciones comerciales (Awqaf), es probablemente lo que abrió de par en par las puertas a la falta de transparencia estructural. Con el auge de las redes sociales, esta escena tradicional se ha convertido en combustible para campañas de difamación en línea y acusaciones aleatorias de lucro personal contra los gestores. Aunque los fondos recaudados en esas cajas apenas alcanzan para cubrir los gastos operativos básicos de las mezquitas, la falta de una supervisión institucional clara ha convertido la reputación de los voluntarios en blanco de sospechas digitales. Esto habría profundizado la crisis de confianza dentro de la propia comunidad, alimentando al mismo tiempo los recelos e informes de las autoridades policiales y financieras españolas.

La Comisión como escenario de ajustes de cuentas regionales y egos personales

Es muy probable que esta incapacidad para generar alternativas de financiación locales e independientes en la base haya dejado a la cúpula (la Comisión y las Federaciones) como rehén de conflictos geopolíticos en varias etapas. Una lectura atenta de los bastidores de la Comisión Islámica durante las últimas décadas sugiere que las disputas entre "federaciones" y líderes no siempre se debieron a la defensa genuina de los intereses de los fieles, sino que presuntamente reflejaron, en muchos casos, las luchas de poder entre capitales rivales y países donantes en el mundo islámico.

No obstante, basándose en una estrecha experiencia de campo, no se puede pasar por alto el factor humano y subjetivo. Las élites dirigentes no siempre son, ni necesariamente, seguidores ciegos de una entidad externa; más bien, algunos de ellos podrían estar dominados simplemente por un intenso deseo de notoriedad, control, prestigio social y un liderazgo ilusorio, lo que les impide ceder el testigo o permitir una rotación democrática del poder.

Esta intersección entre las agendas regionales y los egos personales de los individuos parece haber creado un estado de "polarización aguda" que paralizó la capacidad de acción de la Comisión. Cada vez que una facción presentaba un proyecto o iniciativa para lograr un derecho constitucional (como la educación religiosa o los cementerios), la facción rival se apresuraba a obstaculizarlo, ya fuera por presiones de patrocinadores externos que temían que el logro beneficiara a sus rivales, o por una envidia personal que se niega a permitir que otro sea el protagonista. El resultado solía ser el mismo: un estancamiento absoluto, dejando los derechos de los musulmanes rehenes de cálculos estrechos.

El alto precio: La congelación de la agenda de derechos

El coste de estas complejas lealtades externas y rivalidades internas habría sido catastrófico para la agenda de derechos legales. Mientras la sociedad española evolucionaba legislativa y socialmente, y las nuevas generaciones necesitaban una institución fuerte que defendiera su identidad y su futuro, se presume que los líderes se sumieron en disputas superficiales por cargos y representación para complacer a los donantes extranjeros o asegurar su fama personal. Como consecuencia, es probable que priorizaran la presentación de informes de lealtad y prestigio antes que librar batallas legales reales en los pasillos del Ministerio de Justicia o en los tribunales españoles para asegurar la asignación fiscal o generalizar la enseñanza religiosa.

Lo peor de todo es que esta fragmentación interna habría brindado a la administración española un "regalo de oro". El Estado no necesita esforzarse demasiado para frenar las demandas de los musulmanes; a menudo le basta con observar las disputas internas desde la barrera para acabar diciendo con fría indiferencia burocrática: "Pónganse de acuerdo primero entre ustedes, decidan quién los representa y luego vengan a negociar".

La congelación del Acuerdo de Cooperación de 1992 no tiene por qué ser un destino inevitable, sino que es altamente probable que sea el resultado directo de vincular los asuntos religiosos a los equilibrios exteriores y a las vanidades individuales. Cualquier paso serio hacia el desarrollo y la reforma difícilmente se logrará a menos que se haga un esfuerzo real por cortar el cordón umbilical, tanto financiera como políticamente, con las polarizaciones externas improductivas. El camino por seguir exige construir un "islam español" que emane del espíritu de ciudadanía, respaldado por una financiación local independiente y transparente que preserve la dignidad de la institución y dirija su lealtad primordial a los derechos y causas de las bases sociales entre las que convive.

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